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Pasa a veces. Que alguna de esas luces que llevan eones vagando por el espacio, a las que nada les satisface, a las que nada les importa, les da por enamorarse de algo que encuentran en su aparentemente recto camino.
Solemos pensar que la luz es imbécil. Nada más lejos de la realidad. Ni imbécil ni única. Son muy listas, las luces. Pero es que van deprisa y les da pereza detenerse a captar cosas. Y como ya las captan a ellas, para qué se van a preocupar... De hecho fue una luz la que acuñó la conocida frase "la sabiduría me persigue, pero yo soy más rápida".
Andaba yo un día captando luces oscuras cuando vi una con un comportamiento curioso. Era de las mediocres, de las que por el día ni siquiera se aprecian. Pero tenía un brillo extraño, una dirección más recta que de costumbre y parecía acelerada. Olía a enamorada. Vino tan desde lejos, tanto, que por un momento pensé que se trataba de un ataque alien, del temido holocausto extraterrestre de las películas. Pero no. Era sólo esa luz, que se había enamorado de una torre en construcción que hay en mi barrio. Apartó a todas las demás luces que encontró en su camino, aprovechó los agujeros de la inacabada obra y se metió dentro. Y allí se quedó. Hace tiempo que terminaron la torre pero ella aún no se ha decidido a continuar su camino. Algunas noches se la puede ver, descomponiéndose en colorines. Quizás no sea una gran luz, pero parece contenta. Contenta ella, y la torre también.
Lo que pilló mi captador de luces oscuras... |