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Es la primera entrega de la segunda serie de los "Muzik4Flimz". Esta va de cosas de chinos, japos y cualquier cosa que suene a exótico. De ahí lo de "Oriente desorientao".
La primera serie completa y masterizada de los "Muzik4Flimz" ya está colgada y si podéis contactar conmigo os la puedo pasar en Cd.
I Estaba desolado. Oír ensayar a su alumno le desgarraba las entrañas. Cada vez que cerraba los ojos y apreciaba sus progresos, también crecían sus sospechas. Su viejo koto le era infiel. La calidad técnica de su protegido rayaba la perfección. Ya no podía enseñarle nada más. Además, cuando tenía aquella preciosa herramienta entre las manos, sus interpretaciones crecían en emoción de un modo exponencial, avasallador. Era el momento de tomar una decisión. La maleta descansaba sobre el tatami de su habitación, abierta, esperando a su inquilino, que estaba apoyado contra la pared. Se puso en cuclillas y abrazó a su amado instrumento, su compañero de tantos años, de tantos conciertos, de tantos momentos inolvidables. Lo acunó como si fuera un bebé y lo besó como a una esposa, como a una amante. Con una lágrima resbalando por la mejilla, lo depositó en su funda, acariciándolo por última vez y cerró ceremoniosamente los anclajes. Relajó los hombros y se quedó un momento con la mirada perdida. Finalmente, dejó ir un profundo suspiro e hizo llamar a su alumno…
II Y pasaron los años. Muchos. Demasiados. Ya no era un alumno. Dentro del camerino aún se oía el estruendo de los aplausos. Había salido tres veces a saludar; suficiente para hoy. Su éxito no había parado de crecer hasta convertirse en algo absolutamente extenuante. Estaba refrescándose la cara cuando miró hacia el sillón a través del espejo. En él reposaba el viejo instrumento, gastado pero impecable, dentro de su funda abierta que tiempo atrás tuvo que restaurar, ajada por tanto viaje, por tanto concierto. Sustituyó los oxidados anclajes por unos nuevos, que ahora parecían desubicados y postizos. Se le ocurrió que valdría la pena restaurar los antiguos, si era posible. Pensando en el maestro, había tenido el detalle de conservarlos, aún rotos. Si no fuese posible al menos podría encargar unas réplicas exactas. Aquel hombre cuidadoso venía con frecuencia a su memoria. El maestro se había recluido y ya no actuaba nunca. Recordó a su mentor en una de sus interpretaciones. Cuando le conoció era insuperable; técnicamente tan bueno y con tantísima experiencia… Nunca volvió a visitarle, siempre demasiado lejos o demasiado ocupado. Le había enseñado bien y ya no necesitaba de sus sabios consejos, pero adoraba al viejo y sentía que le necesitaba. Le llamaba por teléfono a menudo, pero curiosamente jamás hablaban de música ni rememoraban tiempos pasados. Sólo hablaban de árboles, de pájaros exóticos o de los colores que se daban en los días lluviosos de algún país que había visitado. Quería verlo. Con el tiempo se dio cuenta de que el genial músico detuvo su propia progresión para compartir sus conocimientos con él. Y eso no tenía precio. Llevaba años visitando a los mejores luthiers de todo el mundo a los que encargaba réplicas de su koto. Quería devolvérselo, en persona, y sintió que había llegado la hora. Llamó la atención de su representante que en ese momento contenía, más que atendía, a media docena de periodistas. Con la excusa de necesitar un descanso, anunció que cancelaba todos los conciertos y ordenó a su asistente que lo dispusiera todo para un largo viaje, ante la atónita mirada de todos los presentes…
III No podía salir de su asombro. El sirviente le advirtió de que hacía mucho tiempo que el maestro no había salido de su dormitorio. Pero nadie le había preparado para lo que iba a encontrar. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la habitación quedó sobrecogido. Las uñas del hombre, sentado con las piernas cruzadas, habían crecido de un modo tan desmesurado que formaban una especie de jaula a su alrededor, enredándose en tirabuzones. Las manos, esclavas, reposaban a ambos lados de una mesa baja y larga, sobre sendos cojines.
-¿Qué te trae por aquí, amigo mío? -¿Qué os ha ocurrido, maestro? -¿Esto? -dijo el viejo, mirando calmadamente por encima de su cabeza-. Tranquilo. No es nada que yo no haya querido. -Pero… vine a devolver… vuestro koto. ¿Cómo vais a poder tocar así? -dijo el joven, a punto de llorar. -No te preocupes -sonrió-. Cuando te marchaste tuve que buscar un modo de seguir interpretando. Encontré el medio en mí. Ya no necesito tu instrumento. -¡Si es vuestro! -Ya no. No me hace falta. ¿Te apetece oírlo? -¿Pero como…? -¡Ssssssshhhhh!
El maestro cerró los ojos durante unos segundos que, en el silencio, se alargaron como horas. De repente empezaron a sonar unas extrañas notas graves. El joven miró alrededor en busca del origen de los sonidos, que iban complicándose, tejiendo armonías raras, formando melodías aún no escuchadas. Los ojos se detuvieron, incrédulos, en las manos del anciano. Con sutiles movimientos de los dedos hacía vibrar la tremenda estructura que le envolvía. La canción empezó a crecer mientras los dedos se aceleraban, golpeando la mesa, cada vez más fuerte. Las uñas chocaban y reverberaban entre ellas, emulando una gigantesca orquesta. Durante lo que parecieron días, toda la habitación era música, una música imparable, demencial, infinita, arrebatadora. Muy despacio, casi imperceptiblemente, se fue deteniendo, con suavidad, en un final larguísimo, para desaparecer con una nota que parecía robada a una copa de cristal.
Mucho tiempo después de haber muerto la última nota, el joven consiguió recuperar el aliento. Aún con lágrimas en los ojos dijo: -Debo encontrar a alguien merecedor de vuestro viejo instrumento, maestro. Cuando lo halle, si me lo permitís, volveré.
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