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Aquel carnicero miraba piadosamente el costillar que no paraba de aporrear con aquel enorme cuchillo. Sentía pena por aquel animal, muerto a sus manos, desangrado, y despiezado por sus manos. Julián, que así se llamaba el carnicero del barrio de la fría Fuenlabrada, derramaba lágrimas del tamaño de una almedra, surcaban sus mejillas y terminaban por convertirse en un torrente de pena al que estaba condenado.
Desgraciadamente para Juliancito no pudo elegir ser o no ser carnicero. Su bisabuelo fundó en 1863 la carnicería en la que educó y formó a su abuelo en el arte del mata-y-corta, ya a los 12 años sabía despiezar una oveja con los ojos vendados, tal y como enseñaron al bisabuelo a montar el sub-fusil en el servicio militar. Le gustó el modo de enseñanza y se lo aplicó a su progenie. Su abuelo transmitió el conocimiento y las formas a su padre y éste bregaba con Juliancito para que aprendiese.
No obstante resultaba una árdua tarea, jamás estaba atento, él no quería saber nada de la ternera y sus solomillos, de cuál era el arte para envolver de mejor manera cada una de las piezas, no quería conocer por el color el número de días que la pieza llevaba muerta, sino que su mente divagaba con las lecturas de James Lovelock al respecto de la Teoría de Gaia, en cómo los seres vivos afectan a su entorno, en cómo él afectaba al resto del mundo, y cómo el resto del mundo influia en él.
Detestaba matar animales porque, según decía en las tertulias de dominó y carajillo, estaba alterando la biomasa que equilibraba el sistema, sabía que estaba menguando voluntariamente el número de vidas que debían conducir a la Tierra, ente vivo en sí mismo, hacia el autoequilibrio. Siempre puso como ejemplo el caso aquel que se dió en los EEUU, cuando unos ecologistas de salón pidieron que se eliminase a los lobos porque mataban a unos alces indefensos. Pobrecillos los alces y qué imbeciles los pseudo ecologistas, porque lo que consiguieron es que, al retirar al lobo campó a sus anchas el alce, dejando sin recursos a castores y provocando su práctica extinción en la zona.
Con ésto quería decir que no debemos interferir en el ciclo que marca la naturaleza, que se guarda ella solita. Por eso no quería eliminar aquellos pobres animales de forma artificial y completamente injusta.
Aquel agricultor miraba piadosamente los surcos que, con la ayuda de su borrico, acababa de crear. Sentía pena por aquellos terrenos, explotados, secos, fosfatados y abonados artificialmente. Emilio, que así se llamaba el mayor terrateniente de los alrededores de la fría Fuenlabrada, derramaba lágrimas del tamaño de una almendra, surcaban sus mejillas y terminaban por convertirse en un torrente de pena al que estaba condenado.
Desgraciadamente para Emilito no pudo elegir ser o no ser agricultor. Su bisabuelo fundó una carnicería en 1863 pero le salió mal porque otra carnicería vendía algo más barato y se quedó con el monopolio del sector. Con la venta de la carnicería compró las primeras tierras y con las ganancias del cultivo fue haciéndose con terrenos y terrenos. Se levantaba con el canto del gallo y con él, despertaba a su abuelo, que hizo lo mismo con su padre que hizo lo mismo con él. A todos les enseñaron de la misma forma, pero Emilito dejaba su mente divagar con las lecturas de Erwing Schrodinger, al respecto de la afectación de los seres vivos en sistemas termodinámicos abiertos. Se sabía responsable de liberar energía en exceso que, lejos de ser aprovechada, se transformaba en calor que elevaba la temperatura global del planeta. Se sentía triste de dedicarse a una actividad tan vil, y su tristeza se transformaba en ira cuando veía a los ecologistas de ciudad reclamar "verde" para el terreno. ¿Acaso sabían cuál debía ser ese "verde"? ¿Acaso conocían cómo íba a afectar el cultivo? Él era de los pocos que sabía que sembrar por sembrar sólo te hace recoger desastre.
Sin embargo, tras seis fichas de dominó y un par de vasos duralex con sus carajillos, pensaban cuán afortunado era el otro. |