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Tuvo la suerte de encontrarse con un propietario que lo adoraba.
Era un sujeto que jamás se olvidaba de darle cuerda, disfrutando del sonido de hacer correr lenta y cuidadosamente las cadenetas, dejando siempre los contrapesos en forma de piña a la altura de su cara; uno para el reloj, uno para el cuco…
Pero el pobre hombre era incapaz de dormir con sus tic-tac y con las intempestivas salidas matinales de su pajarito de madera. Así que por las noches lo paraba, para volver a ponerlo en marcha a la mañana siguiente.
Sin embargo había algo que le inquietaba. Persona sensible como era, tenía la sensación de que el reloj se quejaba, de que no le gustaba que diesen vueltas a sus manecillas para ponerlo en hora después de toda la noche detenido. Alguna vez se le llegaron a caer y el hombre tuvo que ponerlas otra vez en su posición en la esfera.
Y uno de esos días en que se quedó con el minutero en la mano, lo miró con determinación y se dijo a sí mismo: “No te forzaré más. Jamás te volveré a poner en hora”. Y, con infinito cuidado, colocó la manecilla en su lugar, y nunca, nunca más volvió a tocar la esfera.
Y cada mañana Kuko esperaba con placer el golpecito que ponía en marcha su péndulo en forma de hoja de arce, dejándose estirar las cadenetas con deleite. No les importaba la hora. El cucú salía cuando le venía en gana, desconcertando a las visitas. Estaba el pájaro mecánico tan agradecido por su libertad que, cuando nadie le veía, guiñaba un ojo al cantar siete.
Su dueño no lo sabe, pero Kuko le quiere con locura. Le hubiese querido igual aunque le forzase la esfera. Sabía que era una buena persona. Pero ese día, el “Día de la manecilla”, le convirtió en el mejor amo posible.
Era el reloj de pared más satisfecho del mundo, un verdadero privilegiado.
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