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Hace poco me preguntaba alguien, al hilo de una conversación sobre una bandera cosida a un polo, que cuál era mi bandera. Yo, con la boca en proceso de masticar una deliciosa paella, contesté voluntariamente en ese estado, saltándome cualquier regla mínima de protocolo, la de no hablar con la boca llena. Lo hice para mostrar mi más total desprecio por el tema. La respuesta fue parca, tan sólo adornada por el triste espectáculo de hablar con la boca llena:
- Yo no tengo bandera.
La persona que me lo preguntaba, con cara de sorpresa e incredulidad, insistió:
- Ah ¿no? ¿Tú no tienes bandera? -refiriéndose evidentemente a ese trozo de tela que alguien decidió que me representara, en este mi caso, la española.
Hay que matizar que esta pregunta se me hizo un 11 de septiembre en Cataluña. No entré en mayores explicaciones porque no era el momento, porque en ese instante la protagonista era una magnífica paella que me estaba haciendo muy agradable la duodécima hora del día. No tenía la menor intención de mezlar algo tan vulgar y superfluo como la bandera de un país con algo tan excelso como aquella paella.
Ahora a paella pasada, sí me apetece aclararlo. No. Yo no tengo bandera. A mí no me representa nada que yo no haya elegido. me ha tocado un país como me podía haber tocado otro, y vivo en Cataluña como podría vivir en cualquier otro sitio. A diferencia de España, país donde nací, Cataluña la elegí yo. Pero rechazo indistintamente cualquier vínculo con ambas partes. No me interesa lo más mínimo. A España no le debo nada, lo mismo que no se lo debo a Cataluña. Se lo debo a mi trabajo, a mis esfuerzos y a mi constancia. A nadie más.
Leo estos días líneas y líneas sobre la independencia catalana, sobre el centralismo español...y todo me revuelve el estómago (¡Quiera Dios no vomite mi paella querida!). Siguen levantando la voz los mismos, siguen gritando las mismas premisas, siguen intentando engañar a la misma gente. La verdad. Me aburren soberanamente. Me interesan las personas, no las instituciones. Para mí no hay buenos ni malos. Hay personas buenas y personas malas. A las buenas trato de cuidarlas, de mantenerlas a mi vera, de darles todo lo que pueda. A los malos, sencillamente, los destierro. Fácil. No me ando con demasiadas gamas de grises en el tema amistad. O estás, o no estás.
Y todo viene de lo mismo. Jugamos en ligas diferentes. La clase política sigue su propósito, sigue empecinada en mantener su status, su calidad de vida, su Yo bien presente. Los demás, pues a verlas venir, a pensar que votamos, a soñar que elegimos, mientras en las alturas, pactan bajo mesa, se reparten un pastel que no estamos ni invitados a ver, e hinchan, locos de gula, sus ya de por sí rellenas barrigas. Vendría a ser como la cría del cerdo, en la que se trata de engordarlo bien para que luego de buenos frutos. Salvo que esta vez el cerdo engorda y se libra del sacrificio. El sacrificio nos toca al resto.
¿Y todavía me preguntan por banderas? Prefiero el papel higiénico. Al menos mantiene mi culo limpio, cosa que una bandera no hace. Sé que es de mala educación quejarse, pero por favor lo pido: ¡ejerced de seres pensantes! ¡Que no se rían más de vosotros! Lo hacen constantemente, de un modo escandaloso, con una perversión procaz y un descaro insultante. Sed autónomos, independientes de opinión, y enviadlos a todos a la mierda. textualmente. Ellos no mantienen el menor respeto. No veo razón para mantenerlo nosotros.
Me hastían de igual modo los de ambos bandos, porque lamentablemente, y para pena de nuestra memoria histórica, ahora hay dos bandos. Personalmente, me declaro Independentista, pero no de un lugar, ni de un estado, ni de una autonomía. Me declaro Independentista del género humano, de la institución, de la ley. No creo en ello. Sólo creo en las personas. En si me hacen bien, o me hacen mal. Llamadme simplista. Puede. No. No puede. Soy. Soy simplista. Soy tan simple que tiendo a la desaparición, tiendo a la nada y al nadie. Soy un Don Nadie. Un Don Nadie desarraigado, sin raíces, sin pasado y sin ganas de ver un futuro que es una parodia bastarda de lo que, alguien, quizá algún griego, interpretó como Sociedad. |